La oficina de Bernardo Cincopollos

 

 

En una calle de Madrid, junto a la puerta de un edificio viejo, se solía sentar este mendigo. No sé ahora a quién oí relatar su historia, si a la mujer del estanco, mientras hablaba con algún cliente, si al farmacéutico, en similares circunstancias… no sé. Bueno, sí que lo sé, aunque no pueda precisar mucho, se la oí contar a varias de estas personas.

El caso es que aquel hombre no nació así, pobre. Primero fue estafado, después se quedó sin trabajo, más tarde fue abandonado…

Como era popular en el barrio, pude escuchar muchas más cosas sobre su vida, y también las opiniones que de él tenía la gente; opiniones coincidentes, la mayoría de las veces.

 Antonio, el conserje del hotel que se hallaba en la avenida que hacía esquina con esa calle donde él se sentaba, insistía siempre en que era una buena persona; el hombre de la tahona, comentaba que su gran corazón era lo que le había llevado a estar en la calle y sin nada; otro señor que no sé a qué se dedicaba, y que solía desayunar en la misma cafetería que yo, venía a decir lo mismo… Pero el testimonio que más me llamó la atención, y que igualmente conocí a través de una conversación ajena —yo observo, más que nada, me meto poco en charlas— fue el de el limpia que se dejaba caer todas las mañanas por ese bar al que iba a tomarme un café con leche y un cruasán plancha.

—Francisco no tiene maldad —me acuerdo de que comentaba el limpiabotas a un señor mientras sacaba brillo a los zapatos de éste con la gamuza—, no tiene maldad.

 

Hablaba con una insinuada pincelada de desprecio cariñoso. Sí… no sé cómo expresarlo, hablaba con ese tonillo.

—Sí, mírelo usted ahí —seguía el limpiabotas—, no es de los que roban ni van por el mundo haciendo putadas… Otros, en su lugar, se rebelan y acaban en la cárcel o en un manicomio…  No todo el mundo se atreve a perder el orgullo, oiga, y a ponerse a pedir en una esquina para que los demás digan de él que es un pordiosero. Antes de eso, las personas hacen lo que sea; unas veces le echan cara y se ponen a trabajar de lo que sea aunque no conozcan el oficio, como el ginecólogo ése al que han pillao, que ni era médico ni nada.¿Usted cree que a ése le verán algún día en la puerta de una iglesia? Pues no, ése, cuando salga de la cárcel, se inventará lo que sea para vivir, si tiene que engañar otra vez… engañará, si tiene que robar, robará…

 

Y el señor al que limpiaba los zapatos le iba diciendo sí, sí; se veía que era tímido o que no era cliente habitual y no tenía confianza.

 

—Porque, oiga —insistía—, ¿usted se pondría a pedir llegado el caso? Míreme a mí, yo trabajaba en RENFE, tenía un sueldo y podía vivir mal que bien… las cosas vinieron mal dadas… y aquí me tiene, limpiando zapatos, y por la tarde yendo de pub en pub vendiendo flores que cojo.

 

Ahí se notó que iba a decir algo más; me dio la impresión de que se paró porque no quería confesar que las flores las cogía de algún sitio prohibido. Sí, así lo entendí yo, me pareció que con aquello, sin querer, explicaba lo que quería decir y no se atrevía a expresar: que él también hacía lo que fuera antes que ponerse a pedir: robar flores o limpiar zapatos que muchas veces estaban limpios, aprovechándose, por ejemplo, de la timidez de un señor como el que tenía enfrente (una persona de ésas que no saben decir que no en ciertos casos).

Quizá fue imaginación mía, pero extraje esa lección. Francisco, el hombre que pedía en la esquina, había sido estafado, como ya he mencionado que oí decir, e injustamente tratado por otros; pero no se había tomado medidas contra nadie para salir del hoyo. Antes que acabar en la cárcel o en el manicomio, como decía el limpia, antes que, ni siquiera, atreverse a cortar flores de La Rosaleda u otro parque cualquiera de Madrid, o antes que limpiar zapatos limpios, había preferido tragarse el orgullo y, simplemente, ponerse a pedir a quien quisiera darle.

Y, en tanto que a mí, dentro de un pensamiento más abstracto, me pasaba todo esto por la cabeza, el hombre tímido de los zapatos limpios, el que no supo decir que no al limpiabotas —pero que a buen seguro sí sabía decir que no en el trabajo que tuviera, porque de lo contrario también habría estado pidiendo en una esquina—, por fin comentó algo:

—Sí, tiene usted razón, y el que llega a ese extremo y ni roba ni mata o hace alguna… antes que perder la dignidad, tira por la calle de en medio.

 

Al hilo de esto me preguntaba, ahora, si es posible tener dignidad sin robar un poco de dignidad a los demás, sin hacer un poco de daño a otros. Quizá se confunde el término dignidad o, tal vez, la dignidad no sea algo tan bueno a los ojos de Dios.

Hablo del Dios más auténtico, del que conoce todo el mundo: los que creen, los que no creen, los que dicen creer y los que dicen no creer; ése que se escribe con minúscula porque no es ajeno a los artificios, ése al que todos sabemos que no podemos engañar, ése del que todos nos acordamos a las puertas de la muerte; todos.

 

La foto no es del mendigo del que hablo, claro, como es de suponer no tengo foto; la he cogido de Internet. Está bien, me ha gustado sólo verla, es como un chiste, con ese cilindro con ranura en el que pone "solidarios", mientras lo único que se observa es a un hombre solitario o, mejor dicho, solo y abandonado.

 




Photobucket - Video and Image Hosting
SE BUSCA



Aumentan las protestas por la política de Zapatero.


O.N.C.E



Conozca a los dirigentes catalanes en su ambiente



Curiosidades raras